Según McLuhan los medios de comunicación de masas han transformado la vida de los hombres y su relación con el entorno, estos tienen el mérito de constituirse en extensiones de nuestra capacidad de conocer, pues “construyen un lenguaje social específico, que hace cambiar nuestras percepciones sobre la sociedad y nuestras relaciones con los demás”.
Para el autor, primero es el diario el que nos saca de la tribu en la cual vivíamos con la interacción oral. Esta analogía, nos transporta a la tribu donde nos informábamos mediante el relato oral, escuchábamos al cazador alrededor del fuego. En esta situación podíamos dialogar directamente con el cazador y éste podía modificar su relato- discurso, según las preguntas o intervenciones de sus oyentes.
En cambio el diario nos lleva al aislamiento, al distanciamiento de los otros, nos encontramos, señala McLuhan, con una memoria fuera de nuestro cerebro, donde no existe más un relato- tiempo real, éste puede ser visto en tiempos diferidos y en solitario.
Sin embargo, más importante que el contenido del diario, es “la implantación de la nueva tecnología de la comunicación (la telecomunicación), de la nueva estructura para informarse, la nueva relación que nace con un medio que multiplica la palabra, reproduce muchas veces un mismo mensaje, pero genera y favorece el aislamiento entre las personas, cambiando toda la manera de pensar y de actuar en la sociedad”.
Los inicios de la comunicación política los encontramos en los orígenes de la civilización, cuando la vida social de las comunidades dependía de líderes y pensadores con grandes habilidades en el manejo de la retórica, la elocuencia y otras habilidades para comunicar sus ideas y sus propósitos.
En tanto política, de acuerdo con Aristóteles “es la más subjetiva de las ciencias, por lo complejo del proceder humano en su conjunto”. Sin embargo ésta, ha ido consagrando sus funciones hacia la vida de las comunidades, donde con ayuda de la comunicación ha estado al servicio del hombre durante siglos.
Aunque, la preocupación del hombre por la política y su difusión data del origen de la civilización, explica Oscar Ochoa, en nuestro tiempo aún no es posible establecer y conciliar intereses, lograr consensos, entregar de una manera adecuada, equilibrada y equitativamente justa de comunicación. Por el contrario, el autor señala, que los medios ejercen un poder que sobrepasa las posibilidades del ciudadano común, y la política sigue siendo más el privilegio de unos pocos que el ejercicio donde todos actúan por igual.
Desde la perspectiva del autor, “la política es una ciencia que estudia las relaciones entre los ciudadanos y el Estado”. Es decir se genera una complicidad entre ambos en la que no puede estar ausente la comunicación, ya sea en forma directa o no, esto, ya que en democracia la vida política para Ochoa es un gran sistema de diálogos.
Tanto así, que en la actualidad para un político resulta difícil gobernar sin el concurso de los medios de comunicación masiva. Esta participación, entendiendo a la democracia como el gobierno de la opinión, podría ser desfavorable o a favor del dirigente. Lo importante, sin duda, es que el político o el grupo gobernante cuenten con los canales de comunicación adecuados.
En este sentido, si no existen los canales informativos, se margina al ciudadano de saber “si son correctas o justas las decisiones que afectan a su vida cuando son tomadas por el grupo en el poder, tampoco podría conocer a sus gobernantes y menos aún realizar una democracia participativa”.
En consecuencia, esto podría resultar claramente perjudicial para el propio sistema político, ya que para Ochoa, la comunicación tiene como uno de sus propósitos sistematizar los flujos de información entre gobernantes y gobernados lo que, en una sociedad organizada, podría significar que sin comunicación la política se vería limitada en alcance, significado y posibilidades. Afirma, por lo tanto, que comunicar es un acto de naturaleza política.
Aunque las definiciones de comunicación política son diversas y han generado fuertes polémicas entre los distintos investigadores del campo, existe un relativo consenso en que ésta cumple un papel fundamental en el funcionamiento de los sistemas políticos.
Meadow la define como “el intercambio de símbolos o mensajes que con un significativo alcance han sido compartidos por, o tienen consecuencias para, el funcionamiento de los sistemas políticos”.
De esta manera, Ochoa plantea que la comunicación política ha desempeñado distintos papeles, dependiendo del sistema político del que se trate. Por ejemplo, en una dictadura su papel se verá limitado a servir como un mero instrumento del poder establecido. En tanto, en un sistema democrático, la comunicación ocupará un rol más central en sus procesos.
Una visión institucionalizada de la comunicación política, es la de la D. Nimo cuando sostiene que “una comunicación (actividad) puede ser considerada política en virtud de las consecuencias (actuales y potenciales) que regulan la conducta humana bajo ciertas condiciones de conflicto”.
Entre todas estas definiciones, destacan la existencia de un campo común que llaman comunicación y otro que llaman política, indica Monzón, y que cuando el primero influye o guarda relación con el segundo, entonces se puede hablar de “comunicación política”.
Sin embargo, para los efectos de ésta investigación utilizaremos el planteamiento de Oscar Ochoa, el cual define a la “comunicación política como el proceso de transmisión y recepción de mensajes, desde y hacia los componentes del sistema político”. El autor plantea, que si el ser humano es político por naturaleza la comunicación que establece es un acto público y de orden político, que trasciende y se ve afectado en lo social con el propósito de establecer relaciones de poder.
En la comunicación política intervienen, además factores de tiempo, lugar, acontecimientos y lo más importante, las intenciones de quienes participan en ella dentro de un orden político establecido.
Finalmente, Ochoa explica que “la difusión de valores del sistema social, a través de los medios de comunicación se va desarrollando hacia relaciones más complejas, sobre todo en el ámbito del poder”. Estas condiciones determinan los acontecimientos estableciéndose un ciclo de relaciones políticas y de comunicación.
Por último, Monzón señala la importancia que han adquirido los medios en el desarrollo de la democracia desde los años noventa. Es la “mediocracia o democracia centrada en los medios de comunicación que está revolucionando el mundo de la información y la política”
Explica que los periodistas han pasado de ser testigos de la actividad pública y política a actores, los líderes políticos aprenden nuevas técnicas de comunicación y persuasión, los gobiernos deben dar cuenta de sus actos con mayor rapidez y transparencia y los partidos políticos pierden peso en la escena política para dar paso a la popularidad e imagen de sus líderes; el nuevo espacio público, sin lugar a dudas esta dominado por la información.
La existencia de un lenguaje político, concebido como una variedad propia de un colectivo profesional, ha sido negada por algunos lingüistas en los últimos tiempos. En este sentido, no puede hablarse con propiedad de un lenguaje político como tal, sino más bien de la lengua en el discurso político. Más aún, domina en esta hipótesis una serie de confusiones entre lo que debe ser y lo que es el objeto de este lenguaje político, ya negado a priori. Ambos hechos, la negación del lenguaje político y las dudas sobre cuál es su fin, están en el origen de una confusión que es la analogía entre la ‘política’ y la ‘publicidad’. En otras palabras, los lingüistas han equiparado muchas veces las funciones de la actividad pública con las de la propaganda.
Antes de abordar este asunto, es preciso definir qué entendemos como lenguaje especial. Para ello, nos basaremos en las definiciones de Rodríguez Díez, que entiende como lenguaje sectorial aquel que corresponde a actividades y profesiones sin una finalidad críptica, es decir, posee una clara vocación de ser útil y transmisible. A esta definición, añadimos la postura de Lázaro Carreter, que concibe el lenguaje sectorial como un islote en el seno de la lengua general, al que caracterizan algunos rasgos compartidos entre sus miembros, como una semántica común. Y, precisamente, la posesión de palabras y términos con un sentido distinto y una apreciación exacta a los usados en el lenguaje general es la marca distintiva de estos lenguajes especiales.
A este respecto, Marina Fernández Lagunilla establece que el lenguaje político es, ante todo, la lengua en la política ya que sus rasgos se alejan de las características de los lenguajes sectoriales. Para comenzar, apunta que los lenguajes sectoriales van dirigidos a un público cerrado como un grupo o colectivo, cuando el discurso político va dirigido a todos los ciudadanos. Con esta afirmación, Lagunilla sólo ha tenido en cuenta la dimensión abierta y pública de la lengua en la política, desconsiderando la realidad del lenguaje político como una variedad críptica que manejan los técnicos de la caja cerrada; en otras palabras, los propios políticos entre sí mismos y en los textos administrativos. Por tanto, su negación carece de sentido, al tener un sesgo marcado por la realidad política que percibimos a través de los medios.
Asimismo, entiende que el lenguaje político no puede considerarse como tal, porque adopta términos propios de otras disciplinas. Pero es arriesgado no reconocer que la ciencia política ha bebido de distintos saberes; en especial, del análisis matemático, la economía y el derecho. Y que negar la adopción de esta terminología bastarda por parte de la politología es un hecho que no permitiría ningún conocedor de la historia de esta disciplina.
Antes que plantearse la cuestión de la vulgarización de la política, cabría hablar de la obsolescencia del discurso público político por intereses propagandísticos. Y que esta degeneración del lenguaje que acusa Fernández Lagunilla es fruto de la democracia no es más cierto que la perversión en las palabras aumenta con la necesidad de dotar a los candidatos políticos de un aparato publicitario y de propaganda institucional.
La equidad entre la política y la propaganda es el resultado de una visión distorsionada de la realidad pública. Es una información que no conocemos al completo, sino en una determinada cuota inferior a su totalidad. Cuando el receptor observa al dirigente hablando, durante un lapso de varios segundos considera que lo sabe todo o, al menos, lo más importante. Y es que éste es uno más de los efectos psicológicos propios del mensaje parcelado que percibe la audiencia a través de los medios de comunicación, lo que ha provocado el nacimiento de la negación de un lenguaje sectorial propio de los profesionales políticos desde algunos autores y lingüistas.
La afirmación del lenguaje político como tal es una tarea que debe fundamentarse en la revisión de la relación entre la lengua y la actividad colectiva. Por tanto, el lenguaje político puede existir en la medida en que se separa la finalidad de captación de la finalidad de negociación y estrategia. El lenguaje político no permite ser entendido como un instrumento más de la propaganda, sino que, en todo caso, es un recurso propio de la ordenación humana.
La analogía entre la propaganda y la política tiene una historia más antigua que la actualmente observada en los medios de comunicación, pues, durante mucho tiempo, los dirigentes y los tiranos han ambicionado, por todas las vías posibles, el control de sus súbditos, antes que la mejora de sus condiciones de vida. Este deseo surge en la necesidad de la manipulación de los gobernados, es decir, de la comunidad. Tradicionalmente, la politología ha acuñado dos visiones opuestas y, a la vez, complementarias del fenómeno de la vida pública. En cada una de ellas se muestra la relación entre la política y la capacidad de hablar y entre la primera y la persuasión.
Rafael del Águila divide la visión de la política en dos vertientes clásicas para abordar el fenómeno político. Una primera, basada en una línea de pensamiento aristotélico, por la cual las personas se humanizan mediante el empleo de la palabra en la deliberación pública de los asuntos comunes. De ahí que, en dicha visión democrática, adquiera un valor inigualable la capacidad del hombre para llegar a un consenso común, y que ese acuerdo, del que es padre el lenguaje, sólo se mantendrá mientras exista un intercambio dialéctico entre los miembros de la comunidad. En otras palabras, las instituciones y la política sólo existen en la medida en que el debate público les otorga legitimidad.
Pero la segunda línea establece las definiciones realistas o maquiavelianas que apuntan a la política como un hecho conflictivo y violento. Por tanto, este peso que Aristóteles otorga a la palabra y a la cooperación pierde valor, y el lenguaje se convierte ante todo en un instrumento de la manipulación. Desde esta perspectiva, el interés del actor político por conseguir sus objetivos frente a la oposición de los demás es el eje central del análisis social.
El hecho de reprobar la preeminencia de un lenguaje propio de la clase política tiene, sobre todo, su origen en la teoría aristotélica de la política y del ser humano enunciada anteriormente. Para el estagirita, el hombre es el único animal que posee el don de la palabra; otros tienen la voz para manifestar el dolor y el placer mediante sonidos guturales. Por eso, la naturaleza, al darles sensaciones agradables o penosas, les ha provisto de un órgano para comunicarlas a los individuos de su especie, ha limitado su lenguaje. Por contra, al dotar al hombre del don de la palabra para expresar el bien y el mal moral, y, por tanto, lo justo y lo injusto, a él sólo le ha otorgado este valioso presente, porque sólo él tiene el sentimiento del bien y del mal, de lo justo y lo injusto, y de otros sentimientos análogos que, al asociarse, forman el Estado y la familia.
Por su parte, Maquiavelo establece una divergencia en el doble sentido del lenguaje para la manipulación, el engaño y la persuasión de los actores políticos. El toscano sustenta este uso en el lenguaje político “porque hay tanta diferencia en cómo se vive y en cómo se debería vivir. Los hombres que quieren hacer profesión de bueno, suelen perderse entre aquellos que no lo son. Y así, al emplear un lenguaje con una finalidad moral en la actividad pública, el político fracasaría irremediablemente, según Maquiavelo.
Esta diferenciación de las definiciones de la política está fundamentada en visiones antitéticas del lenguaje: para una, es la capacidad para cooperar, y para otra, es el poder para conquistar. No obstante, estas perspectivas van más allá en la figura de Joseph Maria Vallès, quien aúna la naturaleza del conflicto propia de la política y la necesaria existencia del colectivo para que se produzca dicha violencia pública. Vallès concibe la actividad política como un fenómeno unido a la vida en sociedad y a las desavenencias propias de dicha convivencia. Entendida de ese modo, la política es definida como la gestión coactiva del conflicto colectivo con el objeto de mantener la cohesión social. Dicha actividad no puede resolver la mayoría de las discrepancias, pero tiene como fin administrar aquellas que mantengan la estabilidad de la comunidad.
Desde el punto de vista de Vallès, el lenguaje político, más que un instrumento de captación de seguidores, sería un recurso para la gestión de los problemas comunes por parte de los dirigentes políticos. La finalidad de este lenguaje sectorial consistiría en organizar, gestionar y resolver los problemas de la comunidad de cara a mantener la cohesión social, lo que implica que, en algunos momentos, se recurra a la propaganda y a la difusión de la imagen pública, aunque no sería ésta su competencia única.
El fenómeno de que el lenguaje político sea ante todo un lenguaje especial es el hecho de constituir una variedad dirigida a un fin objetivo, el de organizar la sociedad mediante una metodología y una técnica. Por tanto, la consideración del lenguaje político como una terminología propia de una profesión y de una ciencia es fruto del positivismo cientificista que ha engendrado la ciencia política como una disciplina y saber autónomo. Cabe mencionar que la redacción de nuestra Constitución fue la unificación de siete textos, cada uno de distintas ideologías, que pretendían, mediante un método, ordenar la sociedad española, que esperaba un cambio democrático.
Si tenemos en cuenta las anteriores definiciones, también este lenguaje se ordena de cara a configurar una comunidad propia a la hora de hablar sobre política. E incluso, en algunos casos, como en las ideologías y los conflictos, se produce una divergencia de los términos empleados como resultado de las distintas maneras y técnicas para abordar los asuntos.
Es tal la importancia que juega el papel del lenguaje, que incluso los colectivos ciudadanos realmente concienciados y movilizados frente a los problemas y las crisis generan y codifican unos términos capaces de distinguir a los primeros, consensuadores, de los segundos, violentos. Tal caso lo podemos observar en el Vocabulario democrático del lenguaje político vasco, que diferencia una lengua vasca democrática de esa otra terminología política unilateral y agresiva de esta lengua, acuñada por las instituciones nacionalistas de la comunidad vasca.
Por tanto, el lenguaje político puede ser considerado como el lenguaje sectorial empleado por los profesionales de la política, los dirigentes, los politólogos y los ciudadanos con la finalidad de obtener, ejecutar y perder el poder político de cara a gestionar coactivamente los conflictos colectivos de la comunidad para mantener su estabilidad social. Y así, el lenguaje empleado en los discursos debería considerarse como lenguaje propagandístico, ya que, de por sí, no crea ninguna estrategia de cara a mantener la sociedad, sino que divulga un mensaje publicitario con una pretensión manifiestamente persuasiva. En ese sentido, el lenguaje político estaría formado por la semántica empleada en los textos administrativos, en la redacción de normas, en el diseño de la jurisprudencia y en la negociación política en todos los ámbitos del poder. A esto añadimos que el lenguaje político adquiere, según el contexto y las necesidades, una forma similar a las jergas o a un lenguaje técnico-científico cuando se abordan aspectos puramente profesionales.
Esta definición concuerda manifiestamente con la aportada por Susana Guerrero, quien entiende este lenguaje de la clase política como un sello distintivo de grupo utilizado para cumplir unas funciones, y que, si bien destaca en él la función apelativa, no podemos entenderlo polarizado en dos vertientes, una abierta al público y otra internamente cerrada, puesto que ambas corresponden al mismo fenómeno, que es el sistema político de Easton. Y dentro de este sistema se producen una serie de procesos comunicativos, con demandas ascendentes desde la ciudadanía hasta los políticos y descendentes, posteriormente, tras la deliberación sometida por los dirigentes, que traducen estas exigencias en una respuesta política.
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